jueves, septiembre 29, 2022

Oración para el Jueves Santo

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El Jueves Santo es una invitación a profundizar concretamente en el misterio de la Pasión de Cristo en una oración.

A continuación te dejamos la oración para el Jueves Santo:

Te has sentado a la mesa de la eterna fiesta de la fraternidad. Sabes muy bien lo que hay dentro de cada uno de nosotros, tus invitados.

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Por eso Tú, que en tu angustia ante la muerte clamaste a Dios y, sufriendo, aprendiste a obedecer, has querido hacer tuyas las pasiones y sufrimientos humanos.

Has derrotado a la muerte derrotando la iniquidad y la injusticia. Te compadeces tanto de nuestras debilidades, que quieres quedarte para siempre con nosotros y así poder echarnos una mano cuando sea necesario.

Te has convertido para los que obedecen a Dios en autor de salvación. Y nuestra salvación, Señor, es quererte y amarte.

Te has sentado a la mesa, y has invitado como comensal a todo el mundo. Se acabó la negativa a compartir; la división entre los hermanos no tiene sentido ya; el desprecio por los pobres se convierte en acogida y servicio al lavarles los pies con gestos reales de entrega radical.

Sí, te has sentado a la mesa y nos dices de corazón que has deseado enormemente comer esta comida pascual con nosotros, antes de padecer.

Consciente de que había llegado tu hora, Jesús, habiéndonos amado, nos amaste hasta el extremo.

Y ya tienes un pan en la mano, que bendices y nos repartes, animándonos a que lo comamos porque es tu cuerpo. Y sin haber podido salir aún de nuestro asombro, has llenado la copa de vino y nos la pasas también para que bebamos, porque es tu sangre.

Que te vas, pero que cada vez que nos reunamos y repitamos este gesto del pan y del vino, Tú estarás a nuestro lado para que podamos anunciar al mundo tu muerte y resurrección.

Cristo maravilloso, gracias por enseñamos a descubrir al hermano, a tender la mano, a presentar la otra mejilla, a compartir pan y hogar.

Gracias por ese poco de pan en tus manos y ese vaso de vino, con los que nos dices cómo se vence el pecado, el hambre, la muerte.

Que ahora nosotros continuemos tu lucha para que todo hombre y mujer sean queridos y respetados, para que a nadie le sea negado el pan y el trabajo, para que los niños puedan reír ilusionados.

Sí, continuaremos tu lucha para que nadie se enriquezca con el trabajo de los demás y para que nadie tenga miedo de nadie.

Hoy, día del amor fraterno, procura partir tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que veas desnudo y no te cierres a tu propia carne.

En la última cena, Jesús, nos dijiste con tu propia vida entregada a la muerte, que lo único que vale es el amor a los hermanos, hasta ser capaces de dar la vida por ellos.

«Quien pierde su vida, la gana para siempre». Hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de toda la humanidad, tomas el pan y dices: Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Coges después la copa.

Añades: Tomen y beban, porque esa es mi sangre. Por favor, nos suplica Jesús, hagan siempre y donde estén lo que acabo de hacer.

Gracias, Padre Dios, por tanto amor. Gracias, Jesús, porque en la última cena inventaste la misa; porque el Jueves Santo nos enseñaste a servir.

Gracias, Jesús, porque incluso llamaste amigo al traidor Judas; porque nos diste un Mandamiento Nuevo; porque nos has dado un corazón parecido al tuyo.

Has derrotado a la muerte derrotando la iniquidad y la injusticia. Te compadeces tanto de nuestras debilidades, que quieres quedarte para siempre con nosotros y así poder echarnos una mano cuando sea necesario.

Te has convertido para los que obedecen a Dios en autor de salvación. Y nuestra salvación, Señor, es quererte y amarte.

Te has sentado a la mesa, y has invitado como comensal a todo el mundo. Se acabó la negativa a compartir; la división entre los hermanos no tiene sentido ya; el desprecio por los pobres se convierte en acogida y servicio al lavarles los pies con gestos reales de entrega radical.

Sí, te has sentado a la mesa y nos dices de corazón que has deseado enormemente comer esta comida pascual con nosotros, antes de padecer.

Consciente de que había llegado tu hora, Jesús, habiéndonos amado, nos amaste hasta el extremo.

Y ya tienes un pan en la mano, que bendices y nos repartes, animándonos a que lo comamos porque es tu cuerpo. Y sin haber podido salir aún de nuestro asombro, has llenado la copa de vino y nos la pasas también para que bebamos, porque es tu sangre.

Que te vas, pero que cada vez que nos reunamos y repitamos este gesto del pan y del vino, Tú estarás a nuestro lado para que podamos anunciar al mundo tu muerte y resurrección.

Cristo maravilloso, gracias por enseñamos a descubrir al hermano, a tender la mano, a presentar la otra mejilla, a compartir pan y hogar. Gracias por ese poco de pan en tus manos y ese vaso de vino, con los que nos dices cómo se vence el pecado, el hambre, la muerte.

Que ahora nosotros continuemos tu lucha para que todo hombre y mujer sean queridos y respetados, para que a nadie le sea negado el pan y el trabajo, para que los niños puedan reír ilusionados. Sí, continuaremos tu lucha para que nadie se enriquezca con el trabajo de los demás y para que nadie tenga miedo de nadie.

Hoy, día del amor fraterno, procura partir tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que veas desnudo y no te cierres a tu propia carne.

En la última cena, Jesús, nos dijiste con tu propia vida entregada a la muerte, que lo único que vale es el amor a los hermanos, hasta ser capaces de dar la vida por ellos. «Quien pierde su vida, la gana para siempre».

Hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de toda la humanidad, tomas el pan y dices: Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Coges después la copa, y añades: Tomen y beban, porque esa es mi sangre. Por favor, nos suplica Jesús, hagan siempre y donde estén lo que acabo de hacer.

Gracias, Padre Dios, por tanto amor. Gracias, Jesús, porque en la última cena inventaste la misa; porque el Jueves Santo nos enseñaste a servir.

Gracias, Jesús, porque incluso llamaste amigo al traidor Judas; porque nos diste un Mandamiento Nuevo; porque nos has dado un corazón parecido al tuyo.

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